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CAPÍTULO I – EL CABALLERO DE LA PRIETA FIGURA

Se preguntó en el umbral de la estepa rusa si quizás pecó de idealista al emprender ese viaje. Lo dio todo por y para llegar a la famosa Podolsketa y una vez llegado allí, se iba con la cara cruzada por su madre. Esperaba un abrazo, palabras de cariño quizás, pero no irse con bofetada en cara. Cuando tomó la determinación de ir, de buscar a su familia biológica puso todo su empeño en ello, olvidando que quizás, al volver, su amante Bratislá ya no estaría allí.

Lo recordaba tan bien, aquel hotel escondido entre las montañas nevadas, el olor a leña quemando, la calidez de los abrigos de visón. Todos iban muy tapados, al entrar en el salón principal se quitaban sus abrigos y descubrían que bajo esa apariencia de oso, eran personas con ropas y cuerpos normales. Ofrecían cafés de todo tipo, chocolates, tés… y vodka para los más osados. Cuando se quitó su abrigó y mostró su atlética figura, Bratislá ya no pudo apartar sus ojos de él. Pensó que sería un conde de esos que solían parar por allá. Su instinto le indicó que tenía que adelantarse a Dimitri Dimitrov e ir él a recogerle el abrigo antes que nadie.

-Su abrigo, por favor.

-Aquí tiene- dijo con sequedad y sin siquiera mirarle a los ojos.

Cuando Bratislá tomó aquel pesado abrigo, tocó sin querer, o inconscientemente deseándolo, su brazo. Su piel. Se ocupó personalmente de que le asignaran atender a ese caballero de prieta figura. Cambiarle las toallas, servirle los cócteles… Sería su asistente personal durante su estancia. Sin embargo, por mucho empeño que pusiera en sus tareas, no se fijaba en los temblorosos ojos de Bratislá. Este estaba tan absorto por aquel hombre que ni siquiera se planteó tirar un vaso o dirigirle la palabra para llamar su atención.

Cambió todos los turnos que pudo para pasar el mayor tiempo posible a la sombra de aquel ente que andaba como un espíritu flotante, con toda solemnidad y desenvoltura, como si fuera el dueño del lugar. La elegancia de su ente deseado no era pretendida ni postiza, le era natural, incluso desnudo sería más elegante que todos esos duques emperifollados. Solía llevar cuellos altos negros que le daban un toque bohemio pero formal. Sus piernas infinitas eran indescriptibles para él. Tan absorto estaba que no se fijó en el marajá que le invitó a un bloody mary a la hora de la cena. No pudo contener sus celos, fue hacia la mesa donde se encontraban ambos pero al llegar no supo qué hacer y solo preguntó:

-¿Puedo ofrecerle algo más, señor?

-No- contestó con la misma frialdad de siempre.

Se alejó un poco, pero todavía estaba lo suficientemente cerca como para poder escuchar la conversación entre su caballero de la prieta figura y el marajá.

-No me gusta el bloody Mery, soy más de cerveza- le decía nuestro hombre.

Cuando escuchó estas palabras, Bratislá suspiró, rechazar la bebida era rechazar la propuesta romántica. El marajá se levantó y dejó al caballero en paz. Cuando se hubo marchado, sin previo aviso, el caballero de la prieta figura miró a Bratislá, le hizo una seña con el dedo indicando que fuera para allá. Este, sorprendido, pues era la primera vez que le dirigía la mirada, se acercó.

-¿Qué desea, mi señor?

-¿Por dónde para La Podolsketa?

-¿La Podolsketa?

-Sí, ¿hay alguna combinación para poder llegar desde aquí?

-Eh, no. Bueno, rodeando esas montañas y atravesando el lago congelado y la estepa. Pero bueno, tendría usted que ir hasta San Petersburgo y coger allí un autobús.

-Da igual, atravesaré las montañas.

-¡Pero eso es muy peligroso! Además, en La Podolsketa no hay nada, es casi un pueblo fantasma –ya era demasiado tarde cuando se dio cuenta de que lo que acababa de decir era una impertinencia y podría costarle el puesto.

-Gracias –contestó serio.

-¿P-p-puedo ofrecerle algo más?-dijo para intentar compensar la ofensa anterior.

-Sí, quiero un paquete de ducados.

-¿Ducados?

-Estaré en mi habitación esperándolos.

Se levantó y se fue. El pobre Bratislá no había tenido las agallas de decirle al caballero que por allí no había ducados. Tenía que conseguir unos ducados, no quería decepcionar a ese hombre que por primera vez, había depositado su confianza en él. Se dijo que bajaría al pueblo más cercano a ver si conseguía unos. Cogió su abrigo y se fue para allá. Estaba justo en la puerta cuando apareció un hombre bajito con gabardina.

-No puede usted salir –le dijo el hombre con gabardina.

-¿Y eso? Oiga usted, ¿no hace mucho frío para ir solo con una gabardina?

-Bueno, es parte de mi estética, si me la quito nadie me toma en serio. Por cierto, soy el detective Alexéi Diometrich Konstantin Lievin y nadie puede salir de aquí. Ha habido un asesinato y solo ha podido ser alguien del hotel. Lo hemos cerrado, hasta que no salga el culpable no podrá salir ni entrar nadie. Necesito que reúna a todo el mundo en el salón principal, tengo que hacer una serie de preguntas.

-¿Un asesinato?

-Sí –y se fue.

Todo cambió de repente. De la noche a la mañana había habido un asesinato y estaban confinados en un hotel en medio de las montañas… y encima no podría comprar los ducados para su caballero de la prieta figura. Se decidió a subir a la habitación de su amado para comunicarle que no había conseguido ducados y que debía bajar al salón principal.

Subió las angostas escaleras y caminó por el vetusto pasadizo hasta llegar hasta la puerta con el número 1917, a partir de ahora, su número de la suerte.

-Toc, toc, toc –llamó a la puerta.

Después de unos segundos, el caballero abrió.

-¿Tienes mis ducados?- preguntó nada más abrió.

-Eh… no. Verá… No hay ducados, ha habido un asesinato y han cerrado el hotel a cal y canto. Nadie puede salir hasta que se descubra quién es el asesino.

-¿Cómo?

-Eso, señor, que ha habido un asesinato y…

-No me llames señor –interrumpió el caballero-, llámame Eduardo, Eduardo Lenin.

Por fin, era lo que había estado esperando, un acercamiento con su querido Eduardo Lenin.

-Perdón, Eduardo. Pues lo que decía, iba a bajar al pueblo a por los ducados cuando me han comunicado que han cerrado el hotel. Tenemos que reunirnos todos en el salón principal.

-Comprendo… ¿Y quién ha muerto?

-No lo sé. Supongo que ahora nos lo comunicarán.

-Esto es muy raro…

-Sí, lo es.

-Justo ahora que me disponía a marchar hacia La Podolsketa… Necesito salir de aquí, es urgente.

-No se preocupe, el detective Lievin es el mejor de la comarca. Bueno, debo marchar a avisar a los demás huéspedes.

-Adiós… eh, ¿cómo te llamas?

-Bratislá.

Eduardo Lenin salió de la habitación y cerró la puerta. Minutos después, cuando Bratislá hubo avisado a todos los huéspedes del ala oeste, bajó al salón principal. Era una habitación muy grande, con el suelo de parqué, y una enorme chimenea alrededor de la cual había numerosos sillones confortables. Todo tipo de fauna y flora se encontraba reunida allí, confusa por las nuevas del asesinato. Apareció el detective Lievin y se puso en el centro del salón.

-¡Se callen, coño!

Todos callaron de golpe. La voz del detective era grave y rasposa.

-Ha habido un asesinato. Y de aquí no va a salir nadie hasta que salga el asesino.

-¿Pero quién ha muerto? –preguntó la baronesa Filettemignon.

-La princesa Svetlana Riodrierich de Fita. Y me temo que el asesino es uno de ustedes. Así que hemos cerrado el hotel para que no pueda escapar y llevar a cabo nuestra investigación tranquilamente.

-Pero yo necesito irme –interrumpió el caballero de la prieta figura ahora conocido como Eduardo Lenin.

-Pues no va a poder ser. Siéntese. Vamos a empezar la investigación. Las actividades dentro del hotel seguirán su curso, las comidas y las cenas se servirán a la misma hora. Ahora, que cada cual se vaya a su habitación. Iremos llamando puerta por puerta para interrogarles. No se muevan.

-Disculpe –volvió a interrumpir el caballero de la prieta figura, -pero esto es un abuso.

-¿Abuso? Y si le dejo marchar y resulta que es usted el asesino ¿qué?

-Me da igual, esta no es forma de llevar una investigación. Debo irme, es urgente.

-¿Su mujer está de parto? –preguntó el detective con tono de sorna.

-No.

-Entonces no es urgente. Me da igual cómo se lleven las investigaciones en su país. Aquí se llevan como a mí me da la gana. ¿Comprende?

-Esto no quedará así –contestó Eduardo Lenin mientras se iba.

Bratislá notó en los andares de su amado que algo no funcionaba bien. Se dijo que iría a hacerle compañía, quería sentirle cerca, ser su apoyo moral. No parecía conocer a nadie más en ese hotel. Llamó a la puerta con el puño cerrado.

-¿Quién llama? ¡No quiero hablar con nadie!- se escuchó desde el otro lado de la puerta.

-Soy yo, Bratislá –contestó tímidamente.

Eduardo abrió la puerta.

-¿Qué quieres?

-Quería ofrecerme, cualquier cosa que necesites…

-¡Necesito ir a la Podolsketa!

-¡Pero eso es imposible! Aunque no estuviéramos encerrados en el hotel, es imposible llegar desde aquí. Morirías congelado.

-¡No! El calor de todos los proletarios me calentaría…

-¿Qué? –preguntó Brastislá sin entender nada.

-Nada –corrigió rápidamente, dándose cuenta de que había hablado demasiado.

Eduardo se sentó en la cama de su habitación e hizo una señal a Bratislá para que se le uniera.

-Mira, si tú sabes alguna forma de salir del hotel necesito saberla.

-¿Pero qué es tan urgente? Si huyes, te convertirás en sospechoso por asesinato.

-¿Crees que soy el asesino?

-No, por dios, no he dicho, solo he pensado que…

Lo tenía demasiado cerca, no pensaba con claridad, solo podía observar su prominente nuez en ese cuello tan propio de los cisnes tibetanos. Tenía aroma a mediterráneo, a sol y naranjos. Se preguntó de dónde habría salido su caballero de la prieta figura, se dio cuenta de que no sabía nada de él pero que le daba igual, que lo tenía en sus redes cual mosquito en telaraña a punto para ser devorado, la única diferencia es que él no se resistía.

-¿Qué?

-Nada… tómatelo como unas pequeñas vacaciones, este hotel es maravilloso, hay todo tipo de actividades y reconozco que el servicio es muy interesante, quizás podrías conocerlo a fondo…

-¿El W.C?

-No, me refería al servicio de atención al cliente…-espetó bajando la mirada, sonrojado por la estupidez que acababa de decir.

-Sí, porque los baroneses que hay por aquí son de lo peor, con sus abrigos de oso y sus aires de antiguos zares… Aquí lo único que vale la pena es el vodka y… tú.

Eduardo Lenin miró fijamente a Bratislá, este apartó la mirada. Le había dicho que era lo único que valía la pena aparte del vodka…No sabía cómo reaccionar, y como siempre, cuando no sabía reaccionar, reaccionaba con reacciones pueriles.

-¿Cuál es tu canción favorita? –se animó a preguntar al fin.

-Eh… no sé. Pues creo que Red de Taylor Swift. ¿Por?

-No sé, por eso de conocernos mejor…

-Ah, claro… Pues… yo soy de España.

-¿España?

-Sí.

-Pues tienes un dominio del ruso espectacular.

-Bueno, tengo ascendencia rusa.

-Ah, pues yo tengo un parchís en mi habitación. Si quieres puedo bajar a por él y así nos echamos una partida –dijo mientras se levantaba.

-Espera, voy contigo, no quiero estar solo…

Fueron a las recámaras del servicio. Estaban en el sótano. Un sótano oscuro y frío, con humedades en las paredes y moquetas roídas. Bratislá no sabía cómo había llegado a esa situación, el caballero de la triste figura parecía mirar detenidamente todos los detalles de aquellas habitaciones que no se correspondían con el resto del hotel.

-Menudo trato os dan a los trabajadores. Arriba todo perfecto pero para los currantes moho en las paredes. Me parece indignante.

-Bueno, estamos acostumbrados. Al final, cuando no llegamos a fin de mes, nos viene bien el moho porque nos lo comemos como si fuera una ensalada. Mira, ahí está mi cuarto.

Entraron en la habitación de Bratislá. Parecía el cuarto en el que dormía Harry Potter.

-Espera ahí, que tengo que buscar el parchís.

Bratislá entró en su cuartucho oscuro y húmedo. Se agachó para buscar debajo de su estrecha cama el parchís, el ansiado juego de mesa español. Eduardo no puedo evitar fijarse en que Bratislá. Estaba absorto viendo cómo buscaba el tablero, sus movimientos eran precisos y enérgicos. Era alto y de pelo largo y negro. Siempre le habían gustado los hombres de corte Rasputiniano.

-Perdone –interrumpió alguien por detrás-, pensaba que había quedado claro que nadie debía moverse de su alcoba hasta que yo lo interrogase.

Era el maldito detective Lievin.

-Disculpe, solo había bajado a por un parchís –contestó Eduardo apurado, la presencia de aquel detective le daba mala espina, hacía demasiado frío como para ir en gabardina fina por ahí.

-Ya empezaba a pensar que había huido usted y que se había delatado como culpable.

-Pues ya ve que no, solo venía a por un juego lúdico-festivo para entretenerme en esta prisión en la que he sido abocado.

-Vaya, qué dramático –dijo con su ya conocido tono burlón mientras sacaba una pipa y se ponía a fumar-. Bajar a las dependencias del servicio está prohibido para los huéspedes. No debería usted estar aquí. Es… ¿cómo decirlo? Sospechoso. ¿Qué anda buscando por aquí?

-Ya se lo he dicho, un parchís. Por si no lo sabe, es un juego de mesa muy popular en España.

-Así es –se unió Bratislá con el tablero cuatricolor en mano -, yo mismo le he ofrecido mi viejo tablero. Hemos tenido suerte, no me acordaba que por la otra cara del tablero había una oca.

-No queríamos importunarle, detective. Sentimos las molestias –se disculpó Eduardo.

-No se preocupe, pero me temo que deberá acompañarme hasta sus dependencias para que pueda interrogarlo –concluyó a la vez que expulsaba el humo de sus cavidades pulmonares.

-Por supuesto.

El trayecto fue tenso. Eduardo fue solo con el detective hasta sus aposentos, le prometió a Bratislá que cuando acabaran, bajaría para echarse la partida. Cuando entraron, sintió vergüenza del desorden que había allí dentro. Se agachó rápidamente e intentó esconder sus calzoncillos debajo de la cama antes de que el detective los viera. Apenas lo había conseguido cuando Lievin se plantó a su lado juzgándolo con la mirada. Cogió la silla del escritorio y la puso frente a la cama. Él se sentó en la silla y Eduardo en la cama.

-Bueno, tengo una serie de preguntas para usted.

-Dispare.

-¿De dónde es usted?

-De España, Murcia.

-Vaya, buen jamón, buen vino y buenas mujeres…

-Parece usted Julio Iglesias.

-¿Qué hace tan lejos de su país? ¿Qué le ha traído por aquí?

-Verá, he venido a visitar a unos parientes.

-¿Parientes? ¿De dónde son esos parientes exactamente?

-De La Podolsketa.

-¿La Podolsketa? Allí solo quedan fantasmas.

-Bueno, soy libre de visitar a fantasmas si quiero…

-¿Libre? A ustedes se les llena la boca siempre con la palabra libertad.

-¿A quién se refiere?

-¿Cómo?

-Ha dicho ustedes.

-Ah sí. Vaya un despiste… ¿Qué estaba haciendo ayer por la noche?

-Dormir.

-Vaya, así que no tiene coartada.

-Pues no, estaba durmiendo, si quiere me la invento –contestó un tanto enfadado Eudardo.

-No se altere. Así que no hay coartada…-balbució el detective para sí mismo.

-No, no hay coartada. Ya lo he dicho.

-Bien, entonces, vacaciones familiares, ¿no?

-No, he venido de visita, pero no son vacaciones familiares porque aquí no está mi familia.

-Relájese, soy un agente de la ley. Espero que no estuviera usted ayer por la noche tan nervioso porque…

-¿Porque qué? ¿Qué está insinuando?

-Bueno, pierde los papeles con facilidad. Los de su clase siempre los pierden.

-¿Los de mi clase? ¿Es que usted no es clase obrera como yo? ¿Quién se cree que es?

-No me refería a la clase social.

-¿A qué, entonces?

-A ustedes, los comunistas.

-¿P-p-perdona?

-Lo sé todo, Eduardo Lenin…

-¿El qué?

-Que es usted un militante activo en un partido comunista en España, que su madre, descendiente directa de la dinastía Lenina lo abandonó en Murcia y que usted ha estado ahorrando y trabajando de drag queen para poder financiarse el viaje. También sé que se gastaba más dinero en maquillaje del que ahorraba y que tuvo la oportunidad de embolsarse una cantidad suficiente como para venir y poder pagar este lujoso hotel en un concurso de drag queens. También sé, gracias a esta conversación, que es usted un tanto irascible y que… ¿quién sabe?, quizás al ver a una princesa, un antiguo resquicio de la aristocracia rusa y de los zares le pudo su sangre lenina y la mató.

-¿Pero estamos locos?

-Sí. Y una cosa le advierto, aquí en Rusia no nos gustan las medias de rejilla, hace mucho frío para llevarlas. Las lentejuelas no es que aíslen el frío muy bien y con esos tacones se resbalaría usted por la nieve. No nos gusta la gente de su calaña, Eduardo, ¿o debería llamarle por su nombre de drag queen, Potranka Lenin?

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