LAS DÉCIMAS, O LA VIDA

Este mes de Junio ha comenzado ya la selectividad en toda España, y 290.000 alumnos se han presentado a los exámenes. Es el cierre de una etapa y un año, como algunos estudiantes describen, “frenético”, con un temario muy amplio, impartido de forma intensiva en nueve meses. El personal docente se enfrentan a una carrera de velocidad todos los días para acabar los contenidos.

Este año se ha abierto con una polémica sobre el examen de Matemáticas de Valencia, donde 9.000 estudiantes se quejaron porque una de las preguntas que más puntuación suponía no había entrado en el temario, y porque el tiempo del examen no era suficiente para responder esa pregunta. El problema no es solo el examen, sino el tipo de preparación, basada en un método que se centra en aprender a responder a preguntas tipo, y no a comprender los conocimientos para resolverlas.

El proceso de Selectividad, más que una puerta de posibilidades, se ha convertido en un muro de contención.  Lo que debería ser una prueba de acceso a la universidad se convierte en una ruleta en la que se juega a “todo o nada”. 

El estudiante, que ha invertido cuatro años de E.S.O y dos años de Bachillerato, puede ver cómo, en dos semanas de exámenes, el destino de toda una vida se puede torcer por unas décimas de nota. Si el estudiante tiene suerte, le ha tocado unos exámenes de una dificultad relativamente razonable, y los nervios no le juegan una mala pasada, podrá obtener la nota que necesita para estudiar la carrera que desea.

La Universidad debería ser una opción más entre todas las que tiene la educación superior, y la Selectividad una prueba para determinar si el estudiante tiene las aptitudes que se requieren. En su lugar, se ha convertido en un proceso de selección y exclusión.

Hay exclusión en las notas. Te juegas la carrera en un examen. Y cuando has superado el primer obstáculo, viene el segundo: pagar la matrícula.

Estas trabas dificultan el acceso de muchos jóvenes a la carrera que ellos desean, y si quieren seguir estudiando se ven obligados a cursar otro grado o hacer una F.P. que se trata, desde las principales instituciones educativas, como “una opción de segunda”, siendo una formación mucho más práctica y concentrada en dos años.

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