Manos a la obra en la filosofía del arte (Parte I)

En el arte, esta necesidad extramundana, se plasma en la creación cultural de la figura del genio, ese ser alejado de toda conexión con el mundo. No necesitamos aún tener un criterio para decidir qué es arte y qué no lo es, lo que nos enfrenta a preguntas como: ¿Qué otro tipo de arte sería posible?, ¿Qué tipo de espectadores genera el arte que creamos o consumimos?

Abrimos esta sección con una propuesta que atravesará cada una de las aportaciones futuras, que se irán añadiendo a este primer trazo, construiremos a partir de ahora en este sentido. Si el trabajo de esta sección al completo fuera una composición, empezaríamos proponiendo esta como pieza central, la que habrá de apoyarse en un equilibrio de fuerzas con tantas otras que sin duda serán igual de importantes.

Como redactor, me presento. Soy Chema -estudiante de filosofía- que en este proceso ininterrumpido de tratar con las fluctuaciones del pensamiento hallo la necesidad de ver en el mundo algo que represente todos estos movimientos argumentativos y me permita comprender ideas abstractas, experimentarlas y dejar de dudar de su veracidad. Esta materialización de las idea es asumida desde el principio por el Marxismo, que tal y como lo defendemos en el partido nace en comunión con la práctica, librándonos del idealismo fruto de creer que lo pensable es o bien donado por alguna deidad o bien innato. Comenzamos a conocer desde lo que tenemos inmediatamente a mano. Partiendo siempre de la experiencia, objeto clave de contrastación de lo virtual y especulativo de nuestro pensamiento, nos vemos capaces de construir hipótesis sobre la realidad que luego podremos contrastar.

La apuesta que aquí hago versa sobre el reconocimiento y la transformación de la perspectiva burguesa en nuestra mente, que es tomada y vivida como absoluta. El carácter ideológico que tienen las ideas metafísicas que requieren construir realidades paralelas para explicar esta es a cada paso criticado. En el arte, esta necesidad extramundana se plasma en la creación cultural de la figura del genio, ese ser alejado de toda conexión con el mundo. Este sujeto champiñón que no se sabe muy bien por qué nace, es un personaje elitizado e inalcanzable que es el monumento a derribar hoy, pero no de cualquier manera, hoy haremos arte. Específicamente en el plano de lo subjetivo del “darse cuenta”, puesto que el modo de entender el mundo está estrechamente arraigado en un modo de hacer en él. Esta propuesta se tornará obra artística en la medida y desde el momento en que comprendamos el giro que dan Walter Benjamin y Bertol Brech a mediados del Siglo XX a lo que es entendido por arte.

De acuerdo al trabajo planteado, suspenderemos momentáneamente nuestro visión materialista y por lo tanto nuestra ideología enfrentada a lo burgués para construir de manera lo más sencilla y natural posible el combate que se libra entre esta perspectiva más extendida y la que defendemos aquí. Así atacaremos el rol del genio en nuestra sociedad, responsabilizándonos profundamente de la tarea de la creación. Puesto que no necesitamos aún tener un criterio para decidir qué es arte y qué no lo es, nos adentraremos en un juego donde se muestran de manera inocente nuestras creencias acerca de la figura del artista y sobre todo de la función del arte.

El artista es visto en la modernidad, y de forma más acentuada en el romanticismo, como un genio capaz de generar una regla donde no la hay, esto ofrece esperanzas a una humanidad que cada vez veía más plausible la liberación de las ataduras de la religión a través de la razón. El cumplimiento de este rol es imprescindible para las sociedades necesitadas de lugares en los que reflejar sus mayores aspiraciones y su fuerte idealismo. En la actualidad aún se conserva en alguna parte de cada uno de nosotros este sentimiento, el cual muchas veces se desenvuelve a través de una sensibilidad casi incontenible y adolescente aunque no vaya siempre de la mano. Esta sensibilidad acompañaba al romántico en su camino de frustración por unas ansias terribles de alcanzar lo ideal en su estado más puro, ese algo incondicionado que subyace a todo lo figurable, supuesto inmaterial que sin poder ser negado tampoco nos corresponde afirmar en ninguno de los casos. Un amor heredado de la mismísima Grecia, tan grande que no siendo correspondido más que por delirios, contemplativamente, nos obliga a medirnos con el concepto mismo del cambio y el movimiento, de la unidad y la dualidad. Esto hace de nosotros seres altamente cercanos a la poesía, sin embargo no capta la completa gama de posibilidades que nos ofrece nuestra sensibilidad, y de alguna manera nos acercamos a lo atemporal a consecuencia de negar nuestra parte terrena, mediamos con lo más general sin quizás percatarnos de lo concreto y acotado. ¿Qué otro tipo de arte sería posible?

Evidentemente la idea de lo infinito media en nosotros, pero ¿de verdad nos ayuda en algo para transformar el mundo que nos rodea? Seguramente Kant nos lo explique de manera bastante exhaustiva en una 1500 páginas, pero aquí no tenemos tanto tiempo, a si que les pregunto…¿Qué tipo de espectadores genera el arte que creamos o consumimos?

2 pensamientos sobre “Manos a la obra en la filosofía del arte (Parte I)

  1. Me parece muy interesante tu reflexión sobre el genio creador y el hecho de valorar a este ser más que ha su obra ,de dotarlo de algo divino … Pero ese enfoque del arte como algo que debe cambiar el mundo vigente que tiene una utilidad lo veo válido pero también creo en el arte por el arte ya que el solo concepto de este y de su no necesidad me parecen transgresores

  2. Observo una gran banalidad en el arte por el arte (de hoy en día y en su mayoría) ya que ha habido una deconstrucción de este concepto en el que ya todo importa y todo influye, olvidándonos de lo esencial y siendo condicionados por la gran cantidad de estímulos que nos afectan. Así dejamos que los puntos de atención clave se disipen entre las masas de producción supuestamente artísticas. Gracias por el articulo y por hacer que nos cuestionemos estos asuntos.

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