¿Juventud facha? Bro, ni que Franco fuera trend. En el 50º aniversario de la muerte de Franco, una sombra inquietante reaparece,

En el 50º aniversario de la muerte de Franco, una sombra inquietante reaparece entre parte de la juventud. Los datos muestran que una franja significativa de jóvenes parece abrir la puerta a un régimen autoritario, y contemplar con nostalgia un régimen fascista que nunca tuvieron que sufrir. Pero este fenómeno no es espontáneo ni inocente: hay actores políticos -dentro, y sobre todo fuera de España- interesados redirigiendo la indignación juvenil hacia posiciones ultrareaccionarias.

Es un hecho que una parte de la juventud ha sido intoxicada por la propaganda ultra, y que esta es una tendencia preocupante, pero ¿se han vuelto los jóvenes de derechas?. La realidad es otra completamente distinta.

Los datos que alertan: ¿cuánto cree la juventud en alternativas autoritarias?

El estudio elaborado por 40dB para El País y la Cadena SER ha sacudido el debate público: casi una cuarta parte de los jóvenes —un 23,6 % de la Generación Z— considera que un régimen autoritario podría ser preferible “en determinadas circunstancias”. El dato no se entiende aislado: es parte de un deterioro más amplio de la percepción de la democracia como sistema capaz de garantizar derechos, bienestar y estabilidad.

Gráfico del estudio elaborado por 40dB para El País y la Cadena SER

Las cifras muestran también un alto nivel de desconocimiento sobre la dictadura franquista. Para muchos jóvenes, el franquismo se diluye en una vaga idea de “orden” o “estabilidad”, sin conexión clara con la represión, la censura, los presos políticos, los exiliados ni el atraso económico impuesto durante décadas.

Más preocupante aún: este desconocimiento no es accidental. Varios profesores de Historia entrevistados por El País señalan que cada vez más alumnado pide “dar de una vez lo de Franco”. Es un hecho que la mayoría de los jóvenes salen del bachillerato sin haber tratado -porque no hay tiempo, porque llega selectividad- en la asignatura este periodo trascendental de la historia reciente de España, sin la cual no se puede comprender el presente.

Sin memoria democrática, la tentación autoritaria encuentra terreno fértil: si no se conoce el coste real de un régimen autoritario, es más fácil fantasear con él como solución mágica.

No es solo desafección: hay una campaña política activa detrás

A menudo se afirma desde sectores conservadores que esta tendencia responde a una “rebeldía natural” o a un “cansancio con la política”. Pero esa narrativa oculta algo esencial: hay actores políticos que llevan años trabajando para crear, difundir un relato ultrareaccionario.

No se puede entender el avance de posiciones ultraderechistas, de “nostalgia” por el franquismo entre un sector de la juventud, sin mirar al otro lado del Atlántico y contemplar a Trump en la Casa Blanca y al trumpismo hegemonizando al partido republicano, lanzando toda una guerra cultural ultra que tiene como objetivo hacer avanzar los intereses de la clase dominante norteamericana, en EEUU y en el mundo.

Y no se puede entender el auge de la extrema derecha en Europa o en América Latina, ni tampoco en España, sin partir del decisivo apoyo -político, mediático y financiero- de los círculos de poder más reaccionarios de EEUU, como la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) a la que cada año acuden líderes como Santiago Abascal, Milei, Orbán, Meloni, Kast…

La “derechización” de una parte de la juventud no es casual. Esta desviación autoritaria ha sido activamente inoculada por fuerzas políticas -el trumpismo y sus terminales ultras- que llevan años aprovechando el polvorín de desencanto y frustración que genera la precariedad juvenil para, a través de un discurso demagógico, captar simpatías.

La ecuación es brutalmente sencilla:

  • Jóvenes con sueldos bajos, contratos temporales y alquileres imposibles.
  • Un futuro laboral que se parece más a una tómbola que a un proyecto vital.
  • Una brecha intergeneracional que vaticina que esta generación vivirá peor que sus padres.
  • Una clase política percibida como incapaz de dar respuestas reales.

En este contexto, PP y Vox han construido un relato calculado:

  1. Reconocen la frustración, validan el cabreo y se presentan como quienes “dicen las cosas claras”.
  2. Señalan enemigos fáciles: inmigrantes, feministas, colectivos LGTBI, movimientos sociales.
  3. Simplifican problemas complejos —como los precios de la vivienda o la destrucción del empleo estable— atribuyéndolos a esos enemigos y no a la especulación o las políticas que ellos mismos han impulsado durante décadas.
  4. Ofrecen la fantasía de un “orden fuerte” que ponga todo “en su sitio”.

Este proceso está especialmente diseñado para varones jóvenes, el segmento donde más crece la aceptación de discursos autoritarios. Vox lo ha entendido mejor que nadie: ha convertido TikTok, YouTube y Twitch en espacios de intervención política directa, con vídeos ágiles, emocionalmente cargados y dirigidos a quien está harto y siente que no tiene nada que perder.

El autoritarismo ya no se vende como nostalgia del franquismo, sino como una respuesta viril, contundente y supuestamente eficiente frente al caos. Una estafa emocional que aprovecha el dolor real de la juventud.

¿Que los jóvenes nos hemos vuelto de derechas? Señor, ¡Suélteme el brazo!

Que una parte notable de jóvenes coquetee con ideas autoritarias no significa que la juventud sea reaccionaria. Esto lo desmontan todos los estudios sociológicos recientes y lo demuestra, sobre todo, la realidad en las calles.

La mayoría de jóvenes en España sigue siendo progresista y participa activamente en:

  • movimientos por la vivienda digna y contra la especulación;
  • protestas feministas contra la violencia machista;
  • luchas LGTBI en defensa de derechos básicos;
  • movilizaciones climáticas;
  • plataformas sindicales y estudiantiles;
  • resistencia contra los discursos racistas.

Las generaciones jóvenes siguen siendo las que más apoyan el matrimonio igualitario, la igualdad de género, la acogida de inmigrantes y la intervención del Estado para garantizar derechos. España sigue teniendo una juventud progresista, plural y rechaza profundamente los discursos de odio. Como vimos recientemente en la gira universitaria del fascista Vito Quiles.

Es más: muchos sociólogos hablan de una brecha ideológica de género dentro de la juventud. Mientras algunos chicos se sienten atraídos por discursos conservadores y autoritarios, las jóvenes se mantienen firmemente a la izquierda, sosteniendo gran parte de las luchas feministas y sociales que han transformado el país en la última década.

La derecha intenta imponer la idea de una “juventud facha” para consolidar su relato y desanimar a la izquierda. Pero los datos y las calles cuentan otra historia: la juventud es mucho más progresista de lo que sugiere el ruido mediático.

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